La Leyenda de Sissa: El Juego que Desafió a un Rey
Una historia de ingenio, humildad y un cálculo que superó toda ambición humana.
En un tiempo lejano, cuando los reyes eran considerados semi-divinos y las tierras se extendían más allá de la imaginación de los hombres comunes, gobernaba en la India un monarca poderoso y orgulloso llamado el rey Sharim. Su trono se alzaba en la ciudad de Gaur, rodeado de mármol blanco, columnas doradas y espejos de agua que reflejaban el cielo. Bajo su mando, la paz había sido conseguida a través de la espada, y sus soldados, disciplinados y feroces, eran la encarnación de su voluntad.
A pesar de su poder, Sharim llevaba tiempo sumido en la melancolía. Había vencido a sus enemigos, pero no hallaba consuelo en la victoria. Su hijo, el príncipe Adjamir, había muerto en batalla, y desde entonces, el rey se encontraba consumido por la desesperanza. Nada lo entretenía, ningún consejo lo tranquilizaba, y el reino entero vivía bajo el peso de su tristeza.
Fue entonces cuando apareció en su corte un joven sabio de nombre Sissa ben Dahir. Nadie sabía de dónde venía; unos decían que había descendido de las montañas del norte, otros que era el discípulo de un antiguo asceta. Lo cierto es que hablaba con sabiduría, con calma, y sus ojos brillaban con una inteligencia serena.
Sissa no traía armas, ni ofrendas, ni promesas vacías. Traía un juego.
—Majestad —dijo inclinándose ante el trono—, he inventado algo que puede traer consuelo a su alma y enseñar a sus súbditos el valor del pensamiento, la estrategia y la humildad. No es un arma, sino un tablero. No es un poema, sino una lección.
El rey alzó una ceja, intrigado. Ordenó que le mostrara su creación.
Sissa desenrolló un tablero cuadrado, dividido en sesenta y cuatro casillas. Colocó sobre él piezas de madera y marfil: torres, caballos, elefantes, soldados, una reina poderosa y, en el centro, un rey. Explicó las reglas del juego que había llamado "chaturanga", el ancestro del ajedrez moderno.
Cada pieza tenía su movimiento, su papel. El rey, aunque protegido, era frágil. El peón, aunque pequeño, podía transformarse. La reina era la más libre, y los caballos podían saltar incluso sobre sus aliados. No se trataba de fuerza bruta, sino de pensamiento, previsión y equilibrio. El juego era una guerra sin sangre, un arte donde el sabio podía vencer al poderoso.
El rey quedó fascinado. Jugó una partida. Luego otra. Y otra más. Por primera vez en meses, sonrió. La lógica del juego, su simbolismo, lo cautivaron. Reconoció que había en ese tablero más sabiduría que en muchos de sus consejeros.
—Sissa, has traído la luz de vuelta a mi espíritu —dijo conmovido el rey—. Pide lo que quieras. Ningún tesoro está fuera de tu alcance.
El sabio inclinó la cabeza con humildad.
—Majestad, mi deseo es sencillo. En recompensa por mi juego, pido un grano de trigo en la primera casilla del tablero, dos en la segunda, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta, y así sucesivamente, doblando la cantidad en cada casilla hasta completar las sesenta y cuatro.
El rey frunció el ceño. Aquello le pareció una petición irrisoria.
—¿Solo eso? ¿Unos puñados de trigo? Podrías haber pedido tierras, palacios, caravanas de oro...
Sissa sonrió levemente.
—El valor de mi petición no está en lo inmediato, majestad, sino en su significado.
Curioso, el rey ordenó que se empezara a contar el grano. En la primera casilla, un grano. En la segunda, dos. En la tercera, cuatro. Al llegar a la décima casilla, ya se necesitaban mil veinticuatro granos. A la vigésima, más de un millón. Cuando los sabios del reino llegaron a la casilla número cuarenta, necesitaron carros enteros para transportar el grano requerido. En la quincuagésima, la reserva del palacio se agotó. En la sexagésima, el reino entero no tenía ya grano suficiente para completar el cálculo.
Entonces el rey comprendió. El juego no solo enseñaba estrategia. Enseñaba humildad.
El total de granos que Sissa pedía ascendía a dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setenta y cuatro billones setecientos treinta y siete mil quinientos setecientos veintiocho (18,446,744,073,709,551,615). Una cantidad tan inmensa que ningún imperio podía ofrecerla.
El rey se puso en pie, asombrado, y miró al sabio con nueva reverencia.
—Has vencido, Sissa. No con armas ni con oro, sino con pensamiento. Tu juego enseñará más a las generaciones que mil guerras. Y tu petición será recordada como la mayor lección de todas.
Desde entonces, el ajedrez viajó de corte en corte, de cultura en cultura, cruzó desiertos, océanos y siglos. Y la leyenda de Sissa quedó grabada en la historia como un tributo eterno a la inteligencia, a la paciencia y al poder de una idea bien jugada.


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