TAL Y LA BATALLA DE LAS GAFAS 🕶️
En el calor táctico de una Yugoslavia vibrante por el ajedrez, durante el Interzonal de Belgrado de 1959, el joven letón Mijaíl Tal caminaba por la sala con esa chispa irreverente que lo caracterizaba. A sus apenas 23 años, el mundo ya comenzaba a llamarlo "El Mago de Riga", no por casualidad. Su estilo arriesgado, sus sacrificios inesperados y su sonrisa irónica antes de lanzar un golpe mortal sobre el tablero hacían temblar a más de uno.
Pero hubo un rival que, más allá del tablero, sentía que luchaba contra una fuerza sobrenatural: el húngaro Pal Benko. Él no solo reconocía el talento de Tal, sino que estaba convencido —firmemente— de que aquel muchacho lo hipnotizaba. Decía, medio en serio, medio en broma, que cada vez que lo miraba a los ojos durante una partida, perdía toda noción de lógica y caía en trampas imposibles de evitar.
“Este muchacho me embruja, no hay otra explicación”, murmuró Benko la noche anterior a enfrentarlo. Fue entonces cuando, en un gesto tan desesperado como insólito, compró unas gafas oscuras, de esas que esconden toda la mirada. “Si no puedo verlo, no podrá hechizarme”, le dijo al árbitro con tono conspirativo.
Al día siguiente, cuando ambos llegaron a la mesa, el público se contuvo de reír. Benko se sentó con sus gafas negras como la noche. Serio. Concentrado. Tal lo observó unos segundos y sonrió. Luego, se levantó, fue a buscar algo al rincón de los jugadores y regresó con unas gafas aún más grandes, unas verdaderas ventanas de sombra que había pedido prestadas al también gran maestro Tigran Petrosian.
—¿Jugamos a ciegas o te gané antes de empezar? —le soltó Tal entre risas mientras se las ponía.
Las carcajadas se desataron. Incluso Benko soltó una risita incómoda, atrapado entre el ridículo y la sorpresa. Los fotógrafos se acercaron, los árbitros apenas podían mantener la compostura. Y ahí estaban: dos grandes maestros del ajedrez, frente a frente, pareciendo personajes salidos de una película cómica de espionaje.
La partida comenzó. Tal jugaba como siempre: fuego en cada movimiento, combinaciones en cada jugada. Benko, por su parte, no tardó en comenzar a sudar tras sus lentes oscuros. El calor de las lámparas, la presión del tablero y esa presencia inquietante del letón eran demasiado. En el movimiento veinte, se quitó las gafas. Tal no lo hizo.
Cuando el reloj marcaba el final, y Benko extendió la mano en señal de rendición, Tal se quitó las gafas lentamente. Lo miró con esa picardía propia de un artista que ha terminado su obra y dijo:
—Te dije que lo importante no es lo que ves... sino lo que no ves.
La anécdota dio la vuelta al mundo. No solo porque fue una victoria brillante, sino porque resumía lo que Mijaíl Tal era en esencia: un jugador que desafiaba la lógica, no solo con piezas, sino con alma. Un mago que hacía del ajedrez un espectáculo, donde el humor y el genio iban siempre de la mano.


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