“El mate que se escapó por un sándwich”
Cuando un campeón olvidó el reloj… y casi pierde por hambre
París, 1975 — No todas las grandes historias del ajedrez ocurren dentro del tablero. Algunas suceden a un metro de distancia… en la cafetería.
Durante un torneo internacional en París, el Gran Maestro soviético Viktor Korchnoi, conocido tanto por su genialidad como por su carácter volcánico, protagonizó una escena digna de una película. Se encontraba en una partida tensa, en posición ligeramente ventajosa, pero con el reloj mordiendo sus segundos.
El control de tiempo era brutal: solo quedaban minutos para hacer los 40 movimientos reglamentarios. Pero entonces, de pronto, su rival desapareció del tablero. Korchnoi, extrañado, miró a los árbitros. Silencio. Pasaron cinco… diez… quince minutos.
El jugador no aparecía. Korchnoi empezó a inquietarse: ¿abandono? ¿enfermedad? ¿conspiración?
Finalmente, el adversario regresó, sin prisa… con un sándwich de jamón y una Coca-Cola en la mano.
“¿Dónde demonios estabas?”, preguntó Korchnoi, fuera de sí.
“Tenía hambre”, respondió el otro, mientras se sentaba como si nada. Su reloj, por supuesto, no había sido detenido: cuando el jugador volvió, le quedaban menos de 30 segundos para moverse.
Pero lo que nadie esperaba es que, mientras masticaba su sándwich, realizó una jugada precisa… ¡y salvó la partida! Contra todo pronóstico, hizo tablas.
Los testigos aún recuerdan la cara de Korchnoi, mitad furia, mitad incredulidad. “¡Casi me gana un tipo comiéndose un sándwich!”, dijo entre dientes tras la partida.
El ajedrez es estrategia, preparación y cálculo. Pero, a veces, también es improvisación… y saber elegir bien el momento para un bocado.


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