Bobby Fischer y el silencio que hizo temblar al mundo


Bobby Fischer y el silencio que hizo temblar al mundo

Crónica desde Reikiavik, 1972

En medio de la Guerra Fría, donde cada movimiento político parecía una jugada de ajedrez y cada palabra una amenaza velada, el tablero más importante no estaba en Moscú ni en Washington, sino en Reikiavik, Islandia. Corría el año 1972. En el Campeonato Mundial de Ajedrez se enfrentaban dos mundos: el soviético Boris Spassky, defensor del título, contra el estadounidense Bobby Fischer, el genio rebelde, indomable y solitario que desafiaba un imperio con sus piezas.

Desde el inicio, todo fue tensión. Fischer llegó tarde, exigente y paranoico. Se quejaba del tablero, de las luces, del público, de las cámaras, incluso del zumbido de las lámparas. Muchos pensaban que jamás aparecería a jugar la primera partida. Y cuando finalmente lo hizo, jugó mal. Perdió. Luego, no se presentó a la segunda. Spassky ganó por incomparecencia. Todo el mundo creía que el duelo se cancelaría. Pero entonces, Fischer regresó… con una condición.

—Quiero que la tercera partida se juegue en una sala trasera. Sin cámaras. Sin ruidos. Solo el tablero y nosotros —exigió.

Los organizadores, al borde del colapso, accedieron. Y entonces ocurrió lo impensable.

Fischer, en esa sala pequeña, sin público ni prensa, desplegó una belleza ajedrecística que dejó sin palabras al mismísimo Spassky. Jugó una Defensa Benoni que parecía salida de otro planeta. Lanzó una serie de maniobras tan precisas, tan limpias y brillantes, que al finalizar la partida, el propio Spassky —hombre frío, formado por el aparato soviético— se levantó… y aplaudió.

Ese gesto, inaudito en una partida profesional, se convirtió en leyenda. Spassky, el campeón mundial, aplaudiendo a su rival en señal de reconocimiento absoluto. El mundo entero lo supo horas después, cuando los medios filtraron el resultado y algunos detalles. Pero nadie vio la partida completa. Solo los dos estuvieron ahí. Fue un duelo íntimo entre dos mentes superiores, en un cuarto silencioso, aislado del mundo y lleno de tensión.

—En ese momento supe que el título mundial estaba perdido —confesaría años después Spassky—. Porque Bobby no solo jugaba bien… jugaba como si cada pieza tuviera alma.

El match continuó, y Fischer terminó ganando 12½ a 8½. Se convirtió en el primer estadounidense campeón mundial de ajedrez, rompiendo una hegemonía soviética de décadas. Pero más allá del resultado, fue esa tercera partida, esa silenciosa batalla en la sombra, la que quedó en la memoria de los testigos.



Comentarios

Entradas populares de este blog

WILHELM STEINITZ: El Genio que Revolucionó el Ajedrez y se Coronó Primer Campeón Mundial Oficial

LA HUELLA DE AMÉRICA LATINA EN EL AJEDREZ MUNDIAL

"Ajedrez en Perú: La Larga Marcha hacia el Reconocimiento Internacional"